El sabio que llevamos dentro

Posted in Uncategorized with tags , , on 27/01/2013 by feisal86

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Desde hace unos años, con el avance imparable de las herramientas interactivas y la llegada de las redes sociales y los blogs, nadie se resiste a exponer públicamente su opinión sobre casi cualquier tema. Lo que antes estaba reservado a unos pocos privilegiados, ahora es universal. Todos opinamos y todos queremos que nuestra opinión conste, como extensión del muy natural deseo humano de participar de la sociedad, de ser activo frente al mundo y la gente con la que te ha tocado convivir, y de aportar un granito de tu experiencia o tu buena fe en algo colectivo.

Pero esta loable actividad tiene su lado oscuro. Y es que desde hace un tiempo, existe otra forma de opinar y dejar constancia de tus sensaciones: los comentarios a las noticias. En cualquier web de cualquier periódico del mundo, uno puede acceder a casi cualquier noticia, y al término de la misma, escribir su opinión. Lo mismo ocurre prácticamente en cualquier página, desde páginas con recetas de cocina hasta páginas sobre cine, con críticas realizadas por expertos que, a su vez, pueden ser criticadas o comentadas por el público. Y es que estos “comentarios” a textos elaborados por gente, en teoría, experta en el tema a tratar se han convertido en auténticos nidos de discusiones, insultos, improperios y debates a voces: desde vídeos en YouTube hasta cualquier columna de opinión, todo alimenta las pasiones que se desatan. No se trata de personas opinando desde el respeto, con conocimiento de causa y siempre aportando algo al objeto a tratar. Se trata de auténticas peleas callejeras, donde reina el lugar común, las obviedades más infantiles y el lenguaje soez y malhablado. O lo que es peor a veces, comentarios jocosos autoconscientes de ser graciosos cuando no lo son en absoluto.

Haced la prueba, visitad cualquier página de cualquier noticia (a ser posible, de política, los nidos de vociferadores suelen aparecer ahí) y observad el panorama. Yo, si me lo permitís, voy a centrarme en un tipo de páginas que me son más familiares: las páginas sobre cine, que incluyen críticas a los estrenos de cada semana.

Existe una página de ese tipo (llamada, por si alguien decide visitarla, LaButaca.net) que visito con frecuencia, y por eso pude ser testigo de un ejemplo de lo que os hablo: un crítico de cine escribe cada semana una o varias críticas sobre los estrenos que tienen lugar en ese momento. Y lo que escribe ese crítico de cine, semana tras semana, es vapuleado sin miramientos por quienes no comparten la opinión o punto de vista del susodicho. Algo perfectamente normal y asumible, si no fuera porque el objeto de las iras pasa de ser el objeto a ser el sujeto, y el crítico es la diana frente a la cual numerosas personas lanzan insultos, descalificaciones y toda clase de improperios. Curiosamente, estos ataques se realizan sobre todo cuando ese crítico puntúa bajo una película u opina por qué un filme le ha parecido malo y aburrido. Es entonces cuando todos, como lobos árticos, se le lanzan a la yugular y no se limitan a opinar sobre su escrito (a veces, ni lo mencionan) de forma constructiva o argumentada, sino que le dedican toda clase de adjetivos a quien ha osado no tener la misma opinión que ellos. Que, faltaría más, entienden de narrativa cinematográfica, han leído libros de André Bazin, y compran el Cahiers du Cinéma cada mes. Y en francés.

Tristemente, es solo una muestra muy pequeña de algo que puede ver en casi cualquier página. No sé si es algo tan nuestro como el jamón o el fúrbol, pero en ocasiones creo que nos encanta no estar de acuerdo con alguien. Principalmente, para soltar esa mala leche y esa bilis tan española que nos caracteriza, y si lo hacemos “contra” alguien, mucho mejor. Refiriéndome a la gente como una masa informe general (con las dignas excepciones de rigor, desde luego), me parece que casi todos creemos llevar dentro un sabio, un experto en la noticia que nos ha puesto tan de mala leche y sobre la que escupimos a golpe de tecla. Ningún tema nos es ajeno, ni el cine, ni la economía, ni la política, ni la ciencia, ni las artes, ni el deporte… Mojamos en todas las salsas, y confundimos la libertad de opinar con la experiencia y el conocimiento que podemos tener sobre el tema. Pero es inútil, no podemos resistirnos, tras leer algo que nos ha cabreado, a soltarlo todo en el comentario correspondiente, en tildar al “otro” de tonto o estúpido, sin argumentos o explicaciones, y quedarnos tan ufanos.

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Quizá penséis que cargo las culpas en demasía a nuestra nacionalidad, pero sólo tenéis que meteros en cualquier noticia de cualquier periódico extranjero. “The Guardian”, por ejemplo. O “Le Monde”. Y observad los comentarios. Yo consulto a menudo periódicos extranjeros en busca de opiniones sobre tal o cual noticia, y me maravillo ante el civismo de la gente al comentar. Debates, argumentos, razones y puntos de vista se entrecruzan con total normalidad en su mayoría, sin alaridos ni aspavientos. Con respeto y calma. Luego uno visita “El País” o cualquier otro periódico de por aquí y se hace cruces. Pero es lo que hay. Aquí nos va la marcha, y son pocos los que no terminan acudiendo a lo gratuito y al histerismo. Los que detienen un segundo el impulso y conceden un tiempo a la reflexión. O los que cometen el atrevimiento de ponerse en la piel del otro y tratan de entender lo que les está intentando contar, o lo que quiere transmitir. Eso no se lleva. No en estos tiempos de democratización universal de las opiniones propias.

El bar cierra ya, pero yo os invito a la última copa.

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Hijos de Macbeth

Posted in Política with tags , , , on 13/10/2012 by feisal86


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Hace ya bastante tiempo que la tormenta comenzó, que las nubes llegaron y comenzaron a descargar sobre nosotros. Y todavía no ha parado, y no hay visos de que el sol vaya a aparecer de un momento a otro. Nos sentimos como ganado (a fin de cuentas, es a lo que nos han reducido) bajo la tormenta, corriendo en masa a buscar algún árbol bajo el que refugiarnos. O a intentar saltar el vallado y escapar lejos de los pastores y granjeros que se desentienden de nosotros.

Cualquiera con un mínimo de preocupación y con otro mínimo de lucidez puede asomarse a algún periódico o alguna web de noticias para darse de bruces con lo que está pasando en este bendito país. Y de lo que está (y lleva) pasando con los granjeros que cuidan del ganado. España, ese país moderno, del primer mundo, democrático, turístico, paisajístico, cultural y gastronómico, vive sus momentos más bajos desde hace mucho tiempo. Siguiendo con el símil de la granja y los granjeros, ¿cómo un lugar tan próspero y con tan buenas cosechas ha acabado siendo un lugar decadente donde nada se cultiva y nada crece, donde los animales enferman y acaban esqueléticos en medio del fango?. ¿Qué clase de dueños tiene la granja que permiten todo esto?. Apelando de nuevo a la lucidez y sentido de común, muchos de nosotros utilizaríamos gran parte de los miles de adjetivos del diccionario de la RAE para calificar la labor y la sensibilidad de nuestros granjeros-políticos.

Esto no fue siempre así. Hubo un tiempo en que uno podía pensar en este país con optimismo (palabra que hoy suena casi arcaica y en desuso), un tiempo no tan lejano en que tras cuatro décadas de oscuridad y atraso, vimos por fin un horizonte, un camino marcado en el que se podía convertir en este convulso y siempre vertiginoso país en algo grande y digno. Un tiempo donde nosotros el ganado nos sentimos en paz con nuestros granjeros, nos vimos bien cuidados y atendidos por gente responsable y consciente de su deber, por encima de sus pensamientos o sus opiniones. Donde palabras como “democracia”, “política”, “unidad” y “promesas” casi se podían palpar de verdad. Un tiempo en que se respiraba algo que sólo Joan Baez o Bob Dylan podrían haber retratado en alguna canción.

Ayer, día 12 de octubre de 2012, día de la Hispanidad, día del Pilar, donde los políticos y autoridades se cepillan la ropa y van repeinados a ver desfilar a la tropa; alguien sacó del baúl la palabra “unidad”. Confieso que tentado estuve de acudir al diccionario para ver a qué se refería nuestro granjero de turno. Algo me sonaba la palabra, pero me era extraña al oído, difusa, de otro tiempo. Repasé nuestro diccionario actualizado al 2012, y entre “corrupción”, “desengaño”, “incumplimiento”, “soberbia”, “españolización”, “decadencia” y algunas más, no logré dar con ese arcaísmo. Imagino que ese político (no logro recordar si era ministro, diputado, subsecretario, secretario o viceministro) tendría esa palabra en su manual para el buen discurso estándar frente a una cámara de televisión, y pensó que era un buen momento para desempolvarla.

Hoy ya nadie utiliza la palabra “optimismo”, porque deja un extraño rastro en el paladar, como un sabor acre y dulzongo. Al menos, nadie con un mínimo de lucidez y de sentido común. Nadie que no se haya dejado caer en los agradecidos brazos de la ideologización sectaria y ciega. La misma ideologización sectaria que forma parte del mosaico de responsabilidades que tienen la culpa y la carga de haber dejado España como se encuentra en estos momentos. Hablar hoy en día de derecha e izquierda como soluciones a la hambruna del corral de la granja es casi un insulto a la inteligencia. Porque han sido ambas, derecha e izquierda, las responsables de dejar la granja en las manos más incapaces, torpes, ambiciosas, dirigidas e ignorantes posibles para recuperar el esplendor que algún día en el pasado llegó a tener esta granja.

Una izquierda sobrepasada por los acontecimientos, una derecha en busca del poder por encima de todo; una izquierda incapaz de responder y actuar firmemente, una derecha arrogante escudada en su mayoría absoluta para hacer y deshacer lo que nadie les pidió que hicieran o deshicieran; una izquierda sin poder ofrecer nada nuevo y sólido, una derecha con cierta nostalgia de catolicismo, toros y mantillas (y de aplicar decretazos y cambiar leyes porque sí). Y ambas, izquierda y derecha, ciegas e irracionales para unirse en unos momentos críticos y dejar por un momento de lado sus sectarias visiones anquilosadas en el pensamiento de “nosotros los buenos, ellos los malos”. Cargando de responsabilidades al otro, siempre culpable de los males. Huyendo de conceptos lejanos para ellos como “dimisiones”, “humildad” o “autocrítica”. Incapaces de aprender de otras democracias más maduras su sentido de la responsabilidad, y sobre todo, su sentido del respeto hacia el pueblo que les ha llevado al trono del poder.

Aquí quiero apuntalar todo este sermón: el respeto. España, ese país vertiginoso, lleva unos escasos 34 años de democracia. 34 años, aclarémoslo, no son absolutamente nada. Absolutamente nada si cometemos la temeridad vergonzante de compararnos con democracias longevas y establecidas como las de Gran Bretaña o Estados Unidos. 34 años que los políticos nos han querido hacer ver que han sido 340, consolidado y a prueba de cualquier cosa. Lástima para ellos que existan las hemerotecas y las memorias, y que algunos se preocupen en visitarlas, para comprobar que el cuento de Caperucita Roja no ha sido tal, y que hace tiempo que el Lobo Feroz se la comió sin que casi nos diéramos cuenta. Alguien dijo una vez que la democracia era el sistema más justo e injusto al mismo tiempo (alguien puede mentar a la Alemania de 1933, si se ofrece), y quién sabe. Como decía el empezar este párrafo, la diferencia la da el respeto. El respeto lo engloba todo: la humildad, la paciencia, el sentido común, la responsabilidad, la profesionalidad. El respeto del ganado por sus granjeros, pero sobre todo de los granjeros por el ganado, que a fin de cuentas es quien les ha puesto a dirigir la granja.

Hoy ya no queda respeto. No queda ni un mínimo de resquicio de respeto en nuestro gobernantes (sean azules, rojos, verdes, amarillos o rosas), porque si quedara algo de eso, aun estarían dispuestos a decir la verdad, a asumir errores y pecados, a reconocer con humildad sus incapacidades y sus inutilidades, y a aceptar castigos correspondientes. Estarían dispuestos a colaborar, a hacer unión con todas las fuerzas políticas en unos tiempos que piden a gritos precisamente eso: unión (no la pastelera “unión de los españoles”, como decía el vicesubsecretario o el tipo encorbatado tras el desfile), unión de verdad sin condiciones para que todos pudieran aportar fuerzas, consejos y conocimientos para tratar de salir cuanto antes de nuestro agujero negro particular. No se ve, no se siente ningún respeto cuando cualquier político se acerca a un micrófono y suelta sus discursos de manual, culpando a los demás o diciendo vaguedades técnicas que no procuran ni sosiego, ni calma ni nada. Políticos satisfechos en el fondo del puesto en el que ocupan, de sus mayorías absolutas y de sus escaños en el Congreso, atentos a sus trajes y a sus coches oficiales sin ni siquiera preguntarse qué les ha llevado hasta ahí. Satisfechos de los afiliados a su partido, secta mentalmente dirigida y modelada, afiliados lobotomizados en su mayor parte que se agarran a sus banderas, a los cánticos y a la efigie de su líder para no ver nada y no sentir nada más allá que su ideología ficticia y abstracta. Ideologías que ya no tienen lugar en el siglo XXI, porque todas están ancladas en ideas del pasado barridas por las ideologías económicas y empresariales (y ahí están los ejemplos de que todos los gobiernos de uno y otro color han hecho las mismas cosas en cuanto han llegado al trono).

Hoy somos todos hijos de Macbeth, reyes ávidos de poder y capaces de todo con tal de llegar al trono de terciopelo. Saben que (de momento) son impunes tras las almenas de sus fortalezas y tras sus ejércitos privados de soldados fieles. Saben que gran parte de este país está modelado mentalmente para que aún crean en ideologías y en promesas, y que gracias a ello consigan mayorías absolutas que les permitan hacer y deshacer a su antojo. Saben que no caen, que aunque este país tarde 10, 15 o 20 años en salir del agujero, que aunque caigan leyes y derechos incuestionables a la salud y la educación, que aunque gran parte de la población pierda lo que nunca debió perder y que aunque las próximas generaciones puedan crecer incultas y sin estado de bienestar… no van a caer. Terminarán sus carreras políticas, se retirarán y morirán en paz y en la abundancia por un sueldo y por unas memorias escritas a su conveniencia.

Es nuestra decisión el no aceptar esto. En arremeter todos contra la valla de madera, romperla y marchar hacia otros establos donde se respete a quienes fertilizamos este bosque y este país. Nunca hay que dejar de buscar el sol tras esas nubes que tenemos encima.

El bar cierra ya, pero yo os invito a la última copa.

 

 

 

 

Cristiano Ronaldo vs. Lawrence de Arabia. El peligro del mito.

Posted in Cine, Deporte with tags , , , , , on 20/09/2012 by feisal86

  

Hace unos días, uno de los dos futbolistas más célebres de todo el mundo, Cristiano Ronaldo, provocó incendios en las redacciones de periódicos, radios y demás medios, debido a unas declaraciones que había realizado al terminar su último partido: estaba triste. No estaba lesionado, marcaba goles, su cuenta corriente seguía indemne, su novia modelo igual de indemne (que sepamos), en teoría no fallaba nada en su salud. Y, sin embargo, en vez de sufrir lo que sea que sufriera en su espacio privado, aprovechó el canutazo que siempre hay con una estrella (*canutazo = en el argot periodístico, cuando varios reporteros de diversos medios se agolpan y acorralan a alguien con sus micrófonos para hacerle preguntas) para soltar a los cuatro vientos y al mundo entero el bajón que tenía en esos momentos. A estas alturas no voy a descubrir a Cristiano Ronaldo. Ni cómo funciona el mundo del fútbol actual. Cristiano, como tantas otras estrellas en otros tantos ámbitos, ha alcanzado el estrellato, el culmen de la fama mundial y planetaria. Está cercano, si no lo ha alcanzado ya, al estatus de leyenda y mito.

Cristiano cometió un fallo, común, por otra parte, en muchas leyendas y mitos: le falló el tacto. Emitió quejumbroso (y públicamente) un lamento por sí mismo y por sentirse “triste”, en un momento en que varias centenas de millones de personas podrían emitir el mismo lamento. Quizá por causas más definidas. Y serias. Pero eso Cristiano (o la estrella de turno), no lo sabe, o sí lo sabe. El resto del mundo está a varios kilómetros por debajo de él, de su dimensión particular. En unos tiempos en que las religiones tienen cada vez menos importancia en la sociedad occidental, el deporte (amparado por el sistema económico capitalista) viene a sustituir a los antiguos profetas y símbolos. Para la gran mayoría de jóvenes de Occidente (y parte de Oriente), Cristiano y Messi son los sumos sacerdotes, los profetas de unas religiones ampliamente ramificadas por todo el mundo. Profetas semidioses, habría que especificar. Porque, se quiera o no, el ser humano siempre tiende a deificar, a otorgar el estatus de mítico y sagrado lo que admira, lo que ve inalcanzable.

Cristiano, creo, debería visionar alguna vez “Lawrence de Arabia”. Si poseyera la agudeza suficiente, quizá se pudiera ver reflejado en ciertos aspectos de la película. A priori, no tiene nada que ver con él. Ni la película, ni el argumento, ni el género. Pero sí hay algo que le emparenta con la obra maestra del director David Lean: su protagonista. Thomas Edward Lawrence, para quien no lo conozca, fue un militar, aventurero, cartógrafo y arqueólogo británico, que en plena Primera Guerra Mundial fue destinado a Arabia para “observar” la situación del país, en guerra con los turcos (aliados de los alemanes). Y allí nació “Lawrence de Arabia”, el mito, la leyenda, el hombre que unió a todas las tribus árabes en una sola nación para derrotar a los turcos y rozar con la punta de los dedos el sueño de una Arabia unificada como un sólo país. El resto, como se suele decir, es historia. Y película. Concretamente, la que en 1962 ganó 7 Oscars y se alzó para siempre como una de las más maravillosas aventuras en celuloide jamás realizada.

El Lawrence real difería un poco del Lawrence fílmico, consecuencia del deseo de David Lean y sus guionistas de utilizar al personaje, en parte, como motivo de reflexión. ¿Sobre qué reflexión?. He aquí lo que le emparenta con Cristiano y los mitos de hoy en día: lo insoportable y hercúleo que es para un hombre corriente el soportar sobre sus hombros la carga de ser un mito y una leyenda en vida. Cristiano Ronaldo, como decía antes, es un ser humano normal, no tiene más diferencia con el resto del mundo que un físico bien cuidado y habilidad para jugar al fútbol. Pero (casi) todo el mundo le ha elegido: mito del fútbol, astro incomparable adorado allí donde va, y cuya pugna titánica con Messi ha adquirido ecos de luchas entre héroes, como Aquiles contra Héctor, o Perseo contra Medusa. Y al ser mito, corre el mismo peligro que sufre el Lawrence de la película.

El Lawrence de la película es alzado como un dios entre los árabes, un profeta de piel blanca, cabello rubio y ojos intensamente azules. Pero sólo es un hombre normal que se ve alzado a los cielos. Y en su imaginación, como en la de Cristiano y en la de muchos otros, se ve a sí mismo por encima del resto del mundo, inmortal, incólume, infinito. Por eso, cuanto más alto se alza, más dura es luego su caída, su descenso a la realidad. Su mente no soporta ese descenso mortal, ese desengaño instantáneo… y la locura acude inmediatamente. Ya no sabe quién es realmente ni a qué mundo pertenece. Ha sido utilizado por militares y políticos, a quienes el mito de Lawrence les ha venido muy bien para sus intereses y acuerdos.

Muchos mitos, una vez que inician su descenso particular cuando caen en el olvido o en la vejez, también caen en la locura. Incluso en algo peor: suicidio, depresión, drogas. Hay demasiados casos (en los deportistas no es lo más frecuente, aunque a veces se ha dado), y dudo mucho que Cristiano termine así. Pero sus declaraciones al mundo, emitiendo su tristeza espiritual momentos antes de meterse en su Ferrari (o Maserati, o Bugatti) y largarse zumbando a su búnker de La Finca, demuestran que hace tiempo que sobrevuela mentalmente este mundo a varios kilómetros por encima del resto del mundo. Haría bien en verse reflejado en la locura de Lawrence y en la mancha de sangre que tiñe su uniforme militar, recordatorio de que todos vivimos al mismo nivel. Que lo mítico y lo legendario es más un estado mental, creado por la sociedad capitalista ávida de ídolos de oro a quienes dirigir sus plegarias, por una sociedad que en lo básico poco ha cambiado desde que adoraba a sus gladiadores atravesar a sus enemigos con el gladio en la arena. La mayoría de nosotros acabamos necesitando creer en algo superior a nosotros. En dioses relucientes que nos inspiren y que nos hagan creer que hay algo más que la masa. Bien haría Cristiano en mirar hacia abajo y descender algunos peldaños mentales para no sufrir luego el golpe con la realidad. Sin sangre y sin locura, como Lawrence, pero con idéntica desazón espiritual y vital. Nada que ver con una tristeza momentánea.

El bar cierra ya, pero yo os invito a la última copa.

Comienzo

Posted in Varios with tags , on 15/08/2011 by feisal86

Pocos pasos se oyen en la calle mientras me dirijo al bar a comenzar este proyecto. No es una calle muy transitada, especialmente ahora en otoño, cuando por la noche se levanta una leve niebla que difumina cualquier figura que pasee por las desiertas aceras. He pensado que ahora podría ser un buen momento para comenzar este blog, el cuerpo me pide conversación frente a una copa, y el bar es el mejor lugar. Hay alcohol. Hay música de Bob Dylan, Miles Davis, los Stones, Creedence. Hay un barman que me conoce y sabe qué bebida es la que me inspira. Hay poca gente: solamente vosotros y yo. Éste será un espacio donde se podrá hablar de todo. Ciertas materias serán las más frecuentes, como el cine, los viajes, la historia, la música o la literatura, pero ningún tema o noticia reseñable se quedarán fuera. También será un espacio en el que cualquiera podrá participar, aportar ideas, señalar errores o dejar caer cuantos comentarios desee. Así que, para que esto no se alargue demasiado, pido las bebidas y empecemos.